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RELIGIOSIDAD POPULAR ¿HIJA MENOR, DESCARTABLE O SISTEMA INMUNOLÓGICO?

La renovación litúrgica que trajo el Concilio Vaticano II, junto con una era de mayor racionalización, provocó en algunos casos un cierto “desmarque” de lo que es la religiosidad popular, convirtiendo a sus acciones y ritos en una cierta “hija menor” de la auténtica religión; algo cultivado por clases más bajas o por personas con una menor educación teológica. En algunos casos incluso se trató de desacreditarla tanto como para hacerla desaparecer de la vida católica.

Sin embargo, procesiones, celebraciones de Vía Crucis vivientes, y otras devociones han continuado a lo largo de las décadas y, en cierto modo, han tomado incluso más vigor y han sido seguidas con más fervor que antes. No sólo en España; el pueblo hispano de Iberoamérica también. En Estados Unidos los hispanos mantienen tradiciones, ritos y religiones que pudieran resultar curiosos para sus conciudadanos anglos. Es más, otros grupos étnicos también celebran sus propias tradiciones. En la ciudad de Chicago, por ejemplo, como en otras muchas ciudades del país, los polacos tienen cabalgatas de Reyes Magos, los filipinos celebran la procesión del Encuentro del Resucitado con su Madre (el Salubong), los cubanos hacen procesiones por el mar con la Virgen de la Caridad del Cobre… los mexicanos hacen una peregrinación nocturna hasta el santuario de la Virgen de Guadalupe; celebran Posadas por las calles principales de las ciudades, y en San Antonio tienen el mayor Vía Crucis viviente que cubre toda la ciudad. El movimiento parece imparable. Quizá algunos gobiernos hayan visto algo de provecho económico en algunas de estas acciones y pretendan convertirlas en atracciones turísticas, pero el fervor popular parece ser más potente y profundo en la mayoría de los casos.

Ciertamente, las devociones populares podrían no estar libres de toda impureza o mezcla de sincretismo o superstición, pero la Iglesia, sobre todo en los últimos años, ha reconocido el sustrato teológico y la potencia evangelizadora de la religiosidad popular, y se ha pronunciado animando a una reflexión profunda sobre el fenómeno que puede ser de gran esperanza para la Iglesia. Diversos documentos del Vaticano, así como de las Conferencias Episcopales de  varios países y de muchas diócesis, así como la reflexión de las Conferencias del CELAM de Puebla, Medellín, Santo Domingo y, sobre todo, Aparecida, han profundizado en el tema y le han concedido a la religiosidad popular la importancia que merece.

El pasado diciembre se celebró en Sevilla un Congreso de Hermandades, en el que participaron diversas personalidades eclesiales y autoridades de filosofía y teología. Se estudiaron temas como la potencia evangelizadora de la religiosidad popular, sus relaciones con la liturgia de la Iglesia y con la catequesis y su impacto de acción social y de caridad.  Es decir, las devociones populares practican, transmiten y explican gráfica y sensorialmente las virtudes de la fe, por medio de su poder evangelizador, la esperanza con el sentido de camino y marcha, y la caridad por su fuerza comunitaria y su impulso a la misión y a la atención a los hermanos.

La fe: Evangelización por la belleza

En su ponencia, Monseñor Frisichella, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización hizo hincapié en el vigor de la antiquísima tradición de la misión evangelizadora de las Hermandades. Animó a recuperar el tejido histórico y reconstruirlo dentro del marco eclesial. Insistió en la belleza como guía privilegiada de la Evangelización. “El misterio”, dijo, “se revela asumiendo la belleza del encuentro. Si esa fuerza de atracción falta, se vuelve incapaz de crear cultura.”

En el mismo sentido se manifestaron los participantes en algunas mesas redondas, que hablaron de la belleza de las imágenes, los cantos y los ritos como fuerza evangelizadora.

Ojos que no ven, corazón que no siente

En la propia tradición de catolicismo mediterráneo, todo esto se resume muy bien en el refrán “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Las imágenes, incluso las que representan el dolor de María o el sufrimiento de la Pasión y la muerte, atraen y mueven el corazón no solo a la piedad, sino a un hondo sentido de fe. No es infrecuente, por ejemplo, que en el Vía Crucis viviente que se celebra en San Antonio, Texas, por todo el centro de la ciudad, se produzcan fuertes conversiones. Un niño le preguntaba a su abuela al ver pasar la procesión: “¿Por qué hacemos esto?” Y respondía la señora: “Porque es quienes somos”. El sentido de pertenencia tiene que tener el apoyo de símbolos, imágenes, “sacramentales”, por así decir. Esto es lo que hace la religiosidad popular que implica todos los sentidos y que indica cuál es el hogar.

En este mismo sentido, durante el Congreso de Hermandades en Sevilla, se pronunció el Cardenal Joseph Farrel, haciendo la relación entre la religiosidad popular y el sentido de pertenencia. El cardenal reflexionó sobre la religiosidad como espacio de comunidad, pertenencia e identidad. Afirmó que las hermandades crean un conjunto de relaciones, como un hogar. Es el lugar que conserva las tradiciones portadoras de gran riqueza de valores, experiencias vitales y fe.

Son, al mismo tiempo, una escuela donde el individuo está llamado a salir de sí mismo, a poner en contacto las tradiciones con la vida real de las personas. Al mismo tiempo, esos ritos, que incluyen los símbolos y afectos de las culturas, están imbuidos del espíritu misionero que lleva a hablar nuevos lenguajes, despertar el interés y la atracción de la belleza. Son, por tanto, de fuerza catequética, ya que representan un camino gradual de iniciación a la vida cristiana.

La fe, sí pero, ¿no son supersticiones o meros espectáculos folclóricos?

Lógicamente, sobre todo en las últimas décadas del boom turístico, ciertos elementos de espectáculo y folklore se han podido introducir en los actos de religiosidad popular, y especialmente en celebraciones como puede ser, la Semana Santa en Sevilla. Ciertamente, no todos los que las contemplan están llenos de espíritu religioso. Y sin embargo, esa misma curiosidad podría llevar a muchos a la profundidad de la fe. Podría, como se ha dicho anteriormente, tener la fuerza de atracción de la belleza y conducirlos a la conversión. El filósofo e historiador francés de origen sefardí Fabrice Hadjadj, centró su intervención en estos temas, remontándose a mitos y a culturas ancestrales y, asegurando que hay que distinguir la religiosidad de la religión. Admitió que la piedad resbala sobre la pendiente de la superstición, pero que “la religión honra a los dioses, mientras que la superstición les hace violencia, ya que reduce el culto a una tecnología de bienestar material”. Sería esta una tecnología de mercado, que modelaría la divinidad según los propios planes y deseos y no según la voluntad y el espíritu de Dios.

Pero, aseguró Hadjadj, el cristianismo tiene la fuerza de superar todo eso a causa de la espiritualidad de la encarnación que es más fuerte que la superstición y el animismo. La religiosidad popular representa, según dijo, “la piedad sobrecogedora de los más simples […] Supone que a los ojos de Jesús la viejecita beata desdentada no es menos que la amada del Cantar de los Cantares […] Dios ha asumido el riesgo de mal entendidos y distorsiones. Y el riesgo está a la medida de su misericordia.” Por tanto, concluyó, la piedad popular no puede ser despreciada, pero sí evangelizada, al ser el signo de una fe que sigue viva, y representa la loca sabiduría de la Encarnación.

La esperanza y la caridad: Sistema inmunológico

En su intervención, el Cardenal Semeraro, Prefecto del Dicasterio para las causas de los santos afirmó, por otra parte, que la religiosidad popular tiene una función importante como sistema inmunológico ante errores, herejías y tendencias secularizadoras. En un mundo prácticamente dominado por la secularización y la increencia, la piedad popular es el sistema inmunológico de la Iglesia ya que nos “hace encontrarnos con la carne de Cristo”. Por ser un poderoso testimonio del Dios vivo, es en sí misma gesto de evangelización y de la misión de la Iglesia. La fiesta, el rito, responde a un sentimiento humano fundamental como es el valor de la vida. La fiesta es expresión de libertad y exaltación de gratuidad.

Con las procesiones y peregrinaciones, dijo también el cardenal, se manifiesta el símbolo de la vida como camino. Y el camino siempre tiene una meta, lo cual da razón de esperanza. La imagen procesional llama a la reflexión, a la contemplación. Tiene, a la vez, una fuerza de provocación y de empatía con los sentimientos que reflejan las imágenes.

Las mesas redondas del Congreso profundizaron en temas como la historia de las cofradías, la acción pastoral y catequética, la armonización entre piedad y liturgia y la relación entre catequesis y piedad popular. Se trata, en suma, de evangelizar la piedad y de evangelizar desde la piedad popular. Estudiaron, además, las conexiones e impacto del catolicismo español al otro lado del Atlántico, así como en Filipinas.

Conclusiones del obispo de Sevilla

El obispo de Sevilla, Monseñor José Ángel Saiz Meneses resumió el pensamiento del Congreso sobre la religiosidad popular afirmando que es una profunda mirada de contemplación de la Iglesia actual, un testimonio vivo de la misión y espiritualidad cristiana, un modelo pastoral válido y profundamente necesario y una forma de evangelización en la Iglesia con sentido misionero.

Enfatizó las líneas de fuerza que se señalaron una y otra vez en el Congreso como: encuentro con Dios y con los hermanos; comunión entre culturas y países; un espacio de diálogo y la necesidad de renovar la mirada sobre los elementos evangelizadores de la religiosidad popular: formación, culto y caridad. Concluyó con lo que resume todo: tener una mirada compasiva que reproduzca la de Cristo.  El estudio y reconocimiento de la religiosidad popular toca pues, tanto a elevados teólogos como, al pueblo fiel. Puede cambiar mentes y corazones de los más escépticos, y constituye un tesoro y fuerza evangelizadora para toda la Iglesia.