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ROBERT FRANCIS PREVOST (LEÓN XIV)
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ROBERT FRANCIS PREVOST (LEÓN XIV)

Antonio Sanchez Orantosseptiembre 7, 2025

267º papa de la Iglesia Católica

1.Una primera impresión

He escuchado y leído infinidad de opiniones sobre León XIV, positivas y negativas. Considero que todo lo que pueda decir sobre su biografía ya, a estas alturas, es suficientemente conocido. Por eso, para iniciar esta reflexión, porque una reflexión es lo que pretendo ofrecer, quisiera compartir sin más las impresiones que han dejado en mí sus primeros gestos y palabras.

Y la primera, quizá la más importante, es la presencia de un hombre de fe, sonriente, visiblemente emocionado y acogiendo con profunda humildad la aclamación del Pueblo de Dios. Cuando una tremenda responsabilidad no quiebra en la vida humana la sonrisa, la emoción y la capacidad de acoger la alegría humana, se puede tener la fuerte certeza de estar ante un hombre de profunda sabiduría, o mejor, ante un hombre que sabe saborear con profundidad los pequeños o grandes detalles que le ofrece la vida.

Y, después, sus primeras palabras: la fuerte llamada a la paz, a esa paz desarmada y desarmante que debería iluminar y trastocar cada una de nuestras vidas y el caminar de la humanidad. La paz, la primera palabra en boca del Jesús Resucitado; la paz, uno de los últimos deseos de nuestro querido papa Francisco; la paz, un bello sueño que solo puede ser formulado con verdad y encarnado sin desánimo cuando la esperanza de su logro está puesta en Dios, en un Dios amor que no permitirá, es su promesa, que la última palabra que defina la historia de la humanidad sea del Maligno, sea de las fuerzas del mal.

Pero no hay paz sin justicia, y ésta solo será posible si los seres humanos nos atrevemos a abrir espacios donde el diálogo con el diferente (escucha y argumentación humilde) sea posible, o mejor, espacios donde la urgencia del diálogo, derrota de toda polarización ideológica, vaya configurando el corazón humano. Por eso, tocó lo más íntimo de mi corazón su llamada a la vocación misionera de la Iglesia, comunidad fraterna dispuesta a dialogar abriendo sus brazos a todos y, sobre todo, abriendo sus brazos a la presencia y a la acogida de los que no tienen voz en la historia: los pobres, los humillados, los que sufren… Su experiencia de misión en Perú seguro que iluminará esta grave y bella tarea. Y así, el legado de Francisco recibe, tiene que recibir, un nuevo impulso: el Papa, pastor de su pueblo, en Iglesia Sinodal, asumiendo el diálogo entre diferentes para ir descubriendo las respuestas que nuestro tiempo exige para mantener la fidelidad a la verdad salvífica de Dios.

Es la gran significación teológico pastoral, y para mí una sorprendente alegría, de su nombre: León XIV. Porque Joaquín Pecci, León XIII, quiso ofrecer a la Iglesia, a finales del s. XIX, un completo corpus doctrinal para enfrentar los retos culturales del mundo moderno; y abrigo la esperanza, empiezo a vislumbrar claros signos, de que el magisterio de León XIV nos enseñará a enfrentar de manera nueva los retos culturales de nuestro tiempo. Pero en esto abundaré más adelante.

Termino esta primera parte de mi reflexión. El Papa está llamado a presidir la Iglesia desde el servicio que exige la generosidad del amor, amor pascual: entrega de la vida para que todos tengan vida- y, por eso, su principal tarea será siempre fortalecer la fe de sus hermanas y hermanos. Si la Iglesia necesita, y lo creo firmemente, un ministerio de unidad es porque todos somos responsables (sinodalidad) de ella y en ella (en su seno, en fidelidad a ella). Si solo hubiese uno que tuviese que cargar con la tarea de la unidad, el misterio y ministerio de la unidad no existiría en la Iglesia. Y la mayor tentación que siempre acompañará a este misterio y ministerio será confundir la unidad con la uniformidad. La unidad siempre será una llamada a un proyecto común entre diferentes por eso, la sinodalidad; la uniformidad, pensamiento único, siempre será pecado contra el Cuerpo que Jesús soñó para que la verdad del Reino siguiese presente en la historia humana: ¿se imagina el lector la aberración que supondría un cuerpo que solo es cabeza, o que solo es mano, o que solo es pie?

Por eso, mi gran tristeza por aquellos que no quieren abandonar la papolatría (o mejor, el papa-natismo, que diría mi querido González Faus) y buscan en el magisterio papal la sola afirmación de su propio amor, querer e interés… ¡Qué pena! Y cuánto enfrentamiento y cuanta polarización eclesial por falta de discernimiento.

Y, por eso, también, estoy convencido de ello, el recuerdo cariñoso, agradecido, y constante del papa Francisco en las ya muchas intervenciones del papa León XIV, aunque algunos sigan sin querer escuchar y acoger; porque la profunda experiencia del primero de la entrañable misericordia de nuestro Dios tiene que seguir resonando con fuerza en la comunidad eclesial para poder mantener la esperanza en un futuro nuevo.

Recordemos y acojamos:

“La misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Vivimos de la misericordia y no podemos permitirnos estar sin misericordia: es el aire que respiramos. Somos demasiado pobres para poner condiciones, necesitamos perdonar, porque necesitamos ser perdonados…

Así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura, porque Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia… Prefiero una Iglesia accidentada, herida, manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades… Una Iglesia capaz de inclinarse ante cada ser humano, más allá de todo credo, sanando sus heridas”.

(papa Francisco)

2. Una dimensión del papa León XIV que me gustaría que fuese más subrayada

Entre tanta superficialidad: si va a vivir aquí o allí, si se pone estola o palio, si lleva zapatos rojos o negros… Entre tantos deseos de que el magisterio papal confirme el propio amor, querer o interés: a ver si pone orden en el desorden que siempre engendraron los seguidores de Francisco y sí, el juego de palabras quiere recordar también el desorden que engendró el poverello de Asís… Y entre tantos deseos de recetas salvadoras en una cultura que carga con graves incertidumbres, creo que no se ha subrayado suficientemente que en León XIV, en su formación, confluyen las dos dimensiones que la sabiduría católica siempre ha querido mantener unidas: la razón y la fe.

Recordemos ese aspecto de su biografía. En 1977 obtuvo el grado en Ciencias Matemáticas en la Universidad Villanova, junto con una especialización en Filosofía. Al año siguiente obtuvo una maestría en Divinidad en la Unión Teológica Católica de Chicago. Mientras estuvo allí enseñó matemáticas en el Mendel Catholic High School, y trabajó ocasionalmente como profesor de física suplente en la escuela secundaria St. Rita of Cascia. Posteriormente se trasladó a Roma para proseguir sus estudios en Derecho Canónico en la Universidad Angelicum, donde obtuvo la licenciatura en 1984, y el doctorado con mención magna cum laude con la tesis El rol del prior local de la Orden de San Agustín.

Creo necesario subrayar este aspecto de su biografía porque, si como hemos afirmado, la elección de su nombre encierra el compromiso de ofrecer a la Iglesia un corpus doctrinal que posibilite a la comunidad eclesial enfrentar los graves problemas sociales que caracterizan la cultura de nuestro tiempo, considero que es sumamente importante, ahora en continuidad con el magisterio de Benedicto XVI, que todos, insisto, la tarea no es solo de León XIV, sino de todos, enfrentemos con claridad y radicalidad la exigencia que ha acompañado a lo largo de toda su historia, desde sus inicios, la sabiduría cristiana: sin un adecuado diálogo entre la razón y la fe es imposible mantener la fidelidad a la verdad revelada. Sin un adecuado diálogo entre razón y fe será imposible iluminar los problemas de nuestro tiempo. Porque una fe que no aspira a generar cultura en la sociedad de su tiempo, diálogo con la razón, nunca podrá ser fiel a su tarea evangelizadora.

Como es sabido, el problema de la relación entre razón y fe suele presentarse en la reflexión actual bajo el sugerente título Atenas y Jerusalén, para remitir no solo a dos célebres centros geográficos y culturales que han determinado la configuración de la historia occidental, sino, sobre todo, a dos modos de enfrentar la autenticidad de la vida humana. Atenas representaría la búsqueda racional, libre y autónoma, de la verdad que el ser humano necesita para alcanzar su plenitud, su excelencia. Mientras que Jerusalén, en cambio, representaría la exigencia de la obediencia de la fe para alcanzar dicha plenitud. Y muchos piensan, y quizá nuestra cultura ha llegado sin suficiente crítica a este convencimiento, que ambas actitudes existenciales son antitéticas. Es decir, el título de la mayoría de las reflexiones no debería ser Atenas y Jerusalén sino o Atenas o Jerusalén.

La propuesta de esta oposición es muy antigua, recordemos a Tertuliano (160-220), o a Pedro Damián (1007-1072) o al mismo Lutero (1483-1546), es decir, siempre ha habido y siempre habrá propuestas que exijan la negación de la razón (irracionalismo teológico) para conservar una supuesta pureza de la fe; por eso, la más sana tradición se ha visto obligada siempre a defender, desde San Justino a nuestros días, no solo la posibilidad del diálogo entre razón y fe, sino su radical complementariedad.

Pero para nuestra situación cultural creo que es más importante pensar la propuesta de aquellos que mantienen la oposición nombrada no para defender la fe, sino, precisamente, para defender la razón. Es decir, estas propuestas no desconfían, en principio, de la capacidad de la razón humana para alcanzar la verdad, sino que suponen que la fe religiosa constituye, precisamente, un obstáculo insalvable para la libre investigación racional de la verdad. Es decir, estos pensadores obligarían también a elegir entre la razón y la fe, exigiendo el ateísmo para que la auténtica verdad, esa que la sola razón puede descubrir y formular, sea fundamento de la vida humana. No tenemos espacio para discutir con más finura esta propuesta y, además, como dijimos más arriba, lo que nos interesa es recordar el magisterio de Benedicto XVI, invitando a su actualización como marco para que la tarea que presumiblemente pretende enfrentar León XIV, es el remitir simbólico de su nombre, pueda ser acogida cordialmente por la comunidad eclesial.

Pues bien, según el magisterio de Benedicto XVI, la actual crisis del cristianismo en, al menos, el mundo occidental es, antes que nada, una crisis de su pretensión de verdad. Y esta crisis hunde sus raíces en los excesos del racionalismo moderno que culmina, como es sabido, en dos fenómenos de tremenda envergadura que definen el actual clima cultural europeo: el cientificismo y el escepticismo. Repasemos brevemente.

El cientificismo no renuncia, ciertamente, a la posibilidad humana de alcanzar la verdad; pero identifica la verdad, sin excepción posible, con los resultados que pueden ser obtenidos por la investigación científica. Y, por eso, los saberes no científicos, esos que a lo largo de la historia han intentado presentarse como fuente de sentido para la vida humana, quedan sumergidos en la sombra del escepticismo.

Los saberes humanísticos, según esta concepción, quedarían encerrados en su propia perspectiva histórica y lingüística de tal suerte que la propuesta de una posible verdad fundamento para la vida humana sería una absoluta quimera. Y, por eso, la reivindicación de la pluralidad irreductible de los puntos de vista particulares, pensamiento débil, cultura líquida, que crea ese caldo de cultivo que permite, curiosamente, la reivindicación de lo que fue el antiguo politeísmo, que supo acoger gran diversidad de mitos sin reclamar la verdad exclusiva de ninguno de ellos ¡cuántos dioses antiguos sonriendo!

En este ambiente cultural, la fe cristiana no solo sería falsa, sino que sería profundamente intolerante por aspirar a una verdad universal que ignoraría e incluso, según algunos, intentaría suprimir posiciones no menos legítimas que ella. En definitiva, sometida culturalmente al cientificismo y al escepticismo la pretensión de verdad de la fe cristiana se considera no solo anacrónica, sino inhumana por intolerante.

Fue para mi una gran luz que el magisterio de Benedicto XVI estableciese un paralelismo entre nuestra situación cultural y los orígenes del cristianismo. Se trata de recordar, es su invitación, que a medida que se extendía el Imperio Romano, su panteón iba creciendo con el fin de hacer posible la paz (pax romana). Es decir, los distintos símbolos religiosos, las diversas formas de rendir culto a los dioses, los diferentes mitos… serían para la política romana igualmente válidos y, en el fondo, intercambiables: sincretismo antiguo. Pues bien, en este ambiente cultural el cristianismo, como antes lo hizo el judaísmo, se negó a dejarse asimilar por tal sincretismo. Su identidad reclamaba no ser considerada como una religión local que solamente expresa un modo cultural e histórico de experiencia religiosa, sino como la experiencia religiosa que encarnaba universalmente, para todos, la revelación de Dios. Por eso, pronto el cristianismo sería considerado como un cuerpo extraño y peligroso para la política del Imperio y se decidiría su persecución bajo, curiosamente, la acusación de ateísmo.

En definitiva, el cristianismo, en sus orígenes, se negó a quedar justificado por su utilidad política, porque se sabía portador de una verdad universalizable, capaz de ofrecer una esperanza inextinguible que respondía a todos los interrogantes que la razón humana había abierto sobre la plenitud de la vida humana. Y, por eso, la fe cristiana debía presentarse no como opuesta a la razón, sino como su más plena consumación. Fue la tarea que iniciaron los primeros filósofos cristianos. Y, por eso, Benedicto XVI acabará afirmando con rotundidad que la alianza entre fe y razón nunca podrá ser considerada como un azar histórico, sino como perteneciente a la entraña de su fidelidad: tiene que saber dar razón de su inquebrantable esperanza en todo espacio cultural.

¿Cómo continuar en la actualidad la tarea que emprendieron los primeros filósofos cristianos? En la respuesta a esta pregunta nos jugamos no solo la relevancia cultural de nuestra fe, sino la fidelidad a nuestra tarea evangelizadora. Es la resonancia que en mí ha tenido el nombre elegido por nuestro Papa, el compromiso que su nombre abre en la comunidad eclesial. Es evidente que no podemos responder con profundidad en tan poco espacio, y ya empieza a ser muy largo. Pero sí me gustaría ofrecer, para terminar, dos claros criterios que nos ayuden a enfrentar y proseguir esta tarea:

– Muchas patologías de la fe, sobre todo, el fundamentalismo, con sus implicaciones de exclusión y violencia, se originan precisamente en la falta de diálogo entre razón y fe. Una fe que tiene miedo a dialogar sin prejuicios con la razón será siempre una fe enferma y contribuirá al encerramiento eclesial, es decir, a conformar la Iglesia bajo dinamismos de secta.

La confianza en que la fe cristiana encierra una verdad que puede ser ofrecida a todo ser humano debería provocar siempre la libertad del diálogo con todo y con todos. Es la Iglesia que soñó Benedicto, Francisco y que León XIV, estoy convencido, quiere encarnar.

– Ahora bien, la fe cristiana puede y tiene que iluminar y enfrentar las patologías de la razón. Hemos hablado de las más fundamentales en nuestro momento cultural: cientificismo y escepticismo, que adquieren una tremenda fuerza bajo la presencia disruptiva de la IA. Porque la razón sin la luz de la trascendencia, que siempre es búsqueda de una verdad fundamento para la vida humana, acabará siempre reducida, es la experiencia histórica de la cultura occidental, a razón instrumental, es decir, a un conocimiento que nada quiere saber de valoraciones (Weber), a un saber que buscando siempre la maximización de beneficios corre el riesgo de destruir la vida humana. Ciertamente, los contenidos de la fe nunca serán deducibles de la razón científica, como tampoco los contenidos de ética o de la estética. Por eso, siempre exigirá, es su obligación exigir, una definición de razón que albergando los grandes logros de la ciencia, permita también dar cabida fundadamente a todas las dimensiones de la vida humana: verdad, bien, belleza en profunda unidad y presentes en el ser, porque todo lo creado es manifestación de un Logos que hizo posible que el caos se convirtiese en cosmos, en realidad con orden, ese orden que, precisamente, la razón científica siempre tendrá que buscar.

Nietzsche dejó escrito que la fe en Dios y la fe en la verdad son en el fondo lo mismo. Y este, según él, dogma platónico, solo puede ser superado cuando el ser humano abandone el prejuicio de que existe la verdad, porque solo así será libre para crear sin la exigencia de obedecer a ningún dios.

Ojalá que el magisterio de León XIV nos permita a todos, porque es tarea de todos, renovar nuestro enraizamiento en Dios, porque solo así podremos ofrecer a la cultura de hoy la Verdad que siempre abrirá caminos de auténtica libertad, es decir, de esa libertad que sabe y, por eso, saborea como finalidad propia proyectos de amor, proyectos para amar más y mejor: caminos de diálogo verdadero, caminos de Iglesia sinodal.

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Antonio Sanchez Orantos
Antonio Sanchez Orantos
Misionero Claretiano. Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas.

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