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SILENCIADAS

El pasado mes de agosto, coincidiendo con el tercer aniversario del regreso de los talibanes al poder en Afganistán, el Ministerio de la Moral de la República promulgó una ley para “promover la virtud y prevenir el vicio” que, entre muchas otras prohibiciones, obliga a las mujeres a guardar silencio en público por considerar su voz aurat, un término utilizado en la legislación islámica para referirse a las partes íntimas que deben cubrirse de un hombre o de una mujer. No acatar esa norma puede castigarse con la confiscación de los bienes, una paliza y la cárcel. Aún conscientes de que su desafío puede costarles la vida, las mujeres afganas han iniciado un movimiento de protesta en las redes sociales publicando videos en los que cantan tras el burka para que el mundo, sordo, las escuche. “Me has encarcelado dentro de casa por el crimen de ser mujer”, dicen sus palabras. “Estas son las voces que os derrotarán. La victoria es nuestra”. ¿Podría cumplirse su sueño de libertad? Este artículo pretende devolverles las palabras que les han robado.

Es una de las imágenes de los Juegos Olímpicos de París: la bailarina de Break dance Manizha Talash, del Equipo Olímpico de Refugiados, termina su duelo de primera ronda y despliega una capa azul con el lema Free Afghan Women, Libertad para las mujeres afganas. Sabe que se la juega y de hecho la descalifican. Los jueces aplican el reglamento que prohíbe los mensajes políticos. Entre lágrimas, en rueda de prensa, la B-girl mira a la cámara y declara firme: “Solo quiero decirles a las afganas que si estoy aquí y estoy viva es gracias a vosotras y de vosotras saco mi fuerza”.

Talash tuvo que huir de Afganistán el día que los talibanes recuperaron el poder, en agosto de 2021. Su vida, por bailar Break, corría peligro. Había sufrido dos atentados. Junto a su hermano pequeño logró cruzar la frontera con Pakistán y allí estuvo un año, compartiendo una habitación con veintidós personas, hasta que se subieron a uno de los aviones fletados por el Gobierno español para evacuar a refugiados afganos. En marzo pasado comenzó a prepararse para los JJ.OO. con el equipo de Break español, en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. “Con mi baile quiero ayudar a las mujeres afganas, a mis hermanas, a mis amigas”, defiende con ojos brillantes. “En mi país las chicas no pueden estudiar, no pueden salir de casa, no pueden bailar… Estoy aquí para decir al mundo cómo viven allí. Si me matan, que sea haciendo lo que quiero. No me gusta solo hablar, quiero hacer algo por ellas”.

“Si pudieran los talibanes nos prohibirían respirar”, dice en un español perfecto la periodista afgana Khadija Amin, también refugiada en nuestro país. “La mujer afgana está en una cárcel. Yo misma intenté quemarme”, cuenta con sencillez. Su matrimonio fue forzoso, como muchos en su país. Sufría malos tratos constantes. Logró separarse del maltratador y estudiar en la Universidad. Ni en la peor de sus pesadillas pensaba que el infierno talibán volvería a su país. Que se iba a encerrar de nuevo a las mujeres que habían disfrutado de una relativa libertad durante las dos décadas de ocupación estadounidense. Sin nada que hacer, sin presente ni futuro. El último espanto ha sido la ley aprobada en agosto que prohíbe que se las oiga en público. “¿Qué más nos pueden arrebatar?”, se pregunta Khadija que quiere ser voz de esas afganas silenciadas. “Su situación es inimaginable y empeora cada día. Están perdiendo toda esperanza”.

Khadija fue una de las afortunadas que el 15 de agosto de 2021, en el caos del aeropuerto de Kabul, huyendo de los talibanes, consiguió plaza en un avión del ejército español. Ese día la periodista, rostro femenino de la televisión pública afgana, fue a su puesto de trabajo y la expulsaron. Un talibán ocupó su lugar. La imagen del barbudo sentado en su silla del plató dio la vuelta al mundo tras su publicación en The New York Times.

Ella comenzó a dar entrevistas a los periodistas que la llamaron y se convirtió en una diana. La convencieron de que tenía que irse. “Fui a casa, cogí una bandera afgana y una pequeña mochila y me dirigí al aeropuerto tapada para que no me reconocieran. Recuerdo que llevaba un pañuelo amarillo para que los militares españoles supieran quién era”.

Es difícil borrar de nuestra retina la imagen de los miles de personas agolpadas a las puertas del aeropuerto, desesperadas por huir. Hombres, mujeres, niños, que se agredían, que se empujaban tratando de llegar al final de la cola y poder coger un vuelo para salvar su vida y su libertad. En apenas horas la capital afgana había sido ocupada sin que el Ejército, en cuyo entrenamiento y equipamiento había invertido Estados Unidos millones de dólares, ofreciese resistencia.

En su Instagram de ese día el fotoperiodista y guía Aníbal Bueno, que acababa de regresar de Afganistán, recoge el testimonio escalofriante de una estudiante. “La policía ha evacuado de la Universidad a todas las mujeres. Nos han dicho que estaban llegando los talibanes y golpearían a todas aquellas que estuvieran estudiando y a las que no llevasen burka. Huimos a casa, pero ningún taxi nos quería subir por no transportar a una mujer sola. Algún hombre nos insultaba por la calle diciendo que nos quedaban pocas horas de libertad”. Más de 100.000 jóvenes tuvieron que abandonar la educación superior. “Vienen tiempos oscuros de nuevo, escribe Aníbal, para un país que no se merece tanto dolor”.

El guion de la vertiginosa recuperación del poder por los talibanes empezó a escribirse en 2018, cuando comenzaron en Doha (Qatar) las conversaciones entre Estados Unidos y los talibanes para poner fin a un conflicto en el que habían muerto más de 2.400 militares americanos y más de 32.000 civiles afganos. Al llegar a la Casa Blanca, Trump había prometido poner fin a las guerras interminables de su país y en febrero de 2020 se firmó el acuerdo oficialmente llamado para Traer la Paz a Afganistán que fijaba un calendario para la salida definitiva de Estados Unidos y sus aliados, tras casi 20 años de conflicto.

A cambio, los talibanes se comprometían a no permitir que el territorio afgano, desde el que Al Qaeda había organizado los atentados del 11 S, fuese utilizado por grupos terroristas para planear o llevar a cabo acciones que amenazaran la seguridad de Estados Unidos. En opinión de la mayoría de analistas internacionales, aquello no fue un acuerdo sino una rendición.

“Ellos sabían que cuando se marcharan la situación en la que viviríamos sería la que estamos viviendo. Dijeron que habían concluido su misión en Afganistán, dejando en el poder a los terroristas y a nosotras, en esta situación”, dice contundente la activista por los derechos humanos Massouda Kohistani, también refugiada en España. Es la segunda vez que ha tenido que exiliarse. La primera fue en 1996, durante el anterior gobierno talibán. Cuando Massouda vio en televisión la noticia de la ocupación de Kabul se echó a llorar. Sabía lo que les ocurre a las mujeres bajo el gobierno integrista y decidió no callarse. Organizó protestas a pesar del riesgo. Cinco días después tuvo que escapar en un vuelo hacia nuestro país.

Massouda asegura que hay grupos de mujeres que a pesar del peligro siguen protestando. Como esas voces que bajo el burka han desafiado la obligación de callar en público, llenado de canciones las redes sociales. A veces los talibanes van a donde viven, las arrestan y se deja de tener noticias de ellas. Muchas son nómadas: se mueven de un sitio a otro para que no las detengan.

“Hay movimientos feministas clandestinos”, confirma en declaraciones a Crítica la periodista de viajes Lucía Madrid, fundadora y guía de Last Places, una agencia que explora los últimos lugares de la Tierra para divulgar su cultura.  Afganistán es uno de sus destinos y Lucía aprovecha sus viajes a ese país para investigar la situación de las mujeres, para mirar que hay debajo del Burka. En su último viaje descubrió, en una de las ciudades afganas más importantes, y también, la más bohemia, Herat, a un grupo de chicas jóvenes que vendían, de cara al público, cuadros de folklore afgano pero que en una habitación secreta tenían dibujos, como el de una mujer cubierta por un burka en llamas, frente a una horca. Lucía mantiene el contacto con ellas.

Tienen miedo, pero no van a callar. “Conozco profesoras, doctoras, abogadas que han tenido que dejar de trabajar. Hay muchísima pobreza. Viudas que para dar de comer a sus hijos dependen de la mendicidad o de la prostitución; que se ponen a las puertas de las panaderías para que les den un poco de pan para sus hijos. Es increíble que esto pueda ocurrir, pero ocurre porque el mundo lo permite”, se lamenta Lucía.

Según la última Encuesta Nacional sobre desórdenes de ansiedad y depresión en Afganistán, el 47% de las mujeres padece depresión y otras enfermedades relacionadas. Muchas se suicidan. Es muy difícil vivir en una prisión física y mental permanente. También se han multiplicado las muertes por embarazo y parto. Las mujeres ya no pueden estudiar Medicina y está vetado que un hombre las atienda. “Afganistán es un país muy patriarcal, muy conservador en sentido religioso y cultural, en el que la mujer depende en gran medida de las tradiciones de su clan”, explica a Crónica Frohar Poya, responsable de Investigación y Divulgación de la Red Europea de Mujeres Inmigrantes, una organización feminista que trabaja por los derechos, la dignidad y la libertad de mujeres inmigrantes y refugiadas en la UE. “Los hombres controlan a las mujeres: tu libertad como mujer o como hija depende de tu padre o de tu abuelo.

Es cierto que durante las dos décadas de ocupación estadounidense ha habido mejoras en sus derechos. También las hubo durante la invasión soviética, sobre todo en ciudades como Kabul. Las mujeres incluso llegaron al Parlamento. Pero si tu padre te prohibía estudiar, estaba por encima del sistema. La subyugación de las mujeres en Afganistán no empezó con los talibanes. Ya estaba ahí, sólo que estos la impusieron”.

Frohar es afgana. Su familia se exilió al Reino Unido en 1992, durante la guerra civil desatada tras la retirada de las tropas soviéticas y que enfrentó a diferentes facciones fundamentalistas islámicas, alguna de ellas alentadas por la CIA para combatir a la URSS. Tras el regreso talibán y la prohibición de que las niñas estudiasen, Frohar empezó a darles clases de inglés online, pero confiesa que es muy difícil para esas chicas acceder a la tecnología. Son muy pobres.

No tienen medios y su padre o su hermano se lo pueden prohibir. Sin embargo, la educación online ha permitido a muchas jóvenes seguir estudiando. También hay escuelas clandestinas y son los propios talibanes quienes llevan ahí a sus hijas para que después puedan ir a la Universidad en otro país. “Para mí lo que ocurre en Afganistán es como una pesadilla que te sobreviene cuando duermes y en la que ni siquiera puedes gritar. El grito no sale de tu garganta. Y nadie te oye. Estamos hablando de mujeres que están siendo completamente silenciadas, a quienes están intentando convertir en sombras”, nos dice Frohar. “¿Te imaginas?: una niña que nació en 2021, con la llegada talibán, cuando cumpla 15 años no tendrá ni experiencia social, ni estudios, ni trabajo. Solo sabrá como cocinar o criar a sus hijos. Para casarse, con 10, 12 años…”.

Según datos de la UNESCO, 1,4 millones de afganas han sido deliberadamente excluidas del sistema educativo. El acceso a la educación primaria también ha disminuido drásticamente, con 1,1 millones menos de niñas escolarizadas. Sin el apoyo internacional Frohar ve muy difícil una revolución de las mujeres, sin embargo, algunas lo intentan. De manera clandestina y jugándose la vida, un grupo de reporteras trabaja para el Afghan Times de Kabul, un medio online en el que escriben historias sobre las mujeres de su país. Intentan que sus voces, ahora silenciadas, traspasen las fronteras. Que el mundo las escuche.

Según el informe del relator especial de la ONU para los derechos humanos en Afganistán, se trata de “un sistema institucionalizado de discriminación, segregación, desprecio de la dignidad humana y exclusión de las mujeres y las niñas”, basado en un profundo rechazo de su plena humanidad. Un verdadero apartheid de género, concluye, cuyos riesgos la comunidad internacional no capta en su totalidad.

“El matrimonio puede esperar; la educación no”, le dice a su hija un personaje, del libro Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini. Es un hombre culto que la ama y que quiere lo mejor para ella y para su país. “Eres una niña muy, muy inteligente. Puedes llegar a ser lo que tú quieras. Y también sé que, cuando esta guerra termine, Afganistán te necesitará tanto como a sus hombres, tal vez más incluso. Porque una sociedad no tiene la menor posibilidad de éxito si sus mujeres no reciben educación. Ninguna posibilidad”.