Hubo un tiempo en el que llevábamos los zapatos a poner medias suelas o tacones, o a remendar de alguna manera. Lo mismo hacíamos con los puntos en las medias o remendábamos calcetines. Pero ahora, todo es mucho más fácil. Simplemente, tiramos los artículos estropeados directamente a la basura y compramos otros… son baratos (claro que no duran mucho, pero se compran otros igualmente baratos y ya).
Hubo un tiempo en que en España la ropa era buenísima y duraba mucho. Hoy se pueden comprar varios vestidos, blusas, chaquetas, por un precio ridículo. Simplemente, uno va a un bazar (antes llamado chino, pero ahora el término descriptivo parece haberse convertido en insulto). Lo que sí está claro es que a estas alturas ya no queda duda de que los productos chinos no sólo han invadido, sino que controlan y dominan el mercado internacional.
Según informes, China cuenta con más de 7 millones de empresas localizadas por todo el mundo. Es casi raro encontrar un producto cuya etiqueta no diga: Made in China. En esos bazares se encuentra absolutamente de todo, desde ferretería hasta ropa de cama; y luego están las tiendas algo más finas con ropa, bolsos o lencería. Y, por supuesto, los restaurantes de comida china, a donde se puede ir o bien, pedir por Glovo. Todo eso, sin contar Temu, Shein o Ali Baba. La verdad es que es casi de agradecer, porque hace la vida más sencilla y sobre todo, más barata. Y, además, quienes llevan esos bazares, ciudadanos chinos que quizá estén en búsqueda de más libertad, se han convertido en nuestros vecinos, compañeros. Nos caen bien. Pero, ¿qué pasa con la producción nacional?
Y, en países occidentales, donde tanto cuidado se pone en la protección de datos y en el derecho a la propiedad intelectual, ¿dónde queda eso?
Una vez tuve una imagen de la Virgen de Covadonga de cerámica que recordaba el estilo Lladró (con las distancias lógicas por su fabricación y precio) hecha en China. Y un amigo mexicano me contaba con mucha risa que cuando en México veían a turistas chinos tomando fotos de artesanías locales, la gente se alegraba pensando que los tales turistas eran simpáticos e desprejuiciados, y que les gustaban las artesanías mexicanas… hasta que se daban cuenta de que iban a copiar el producto, con costes laborales mucho más bajos, para luego venderlo en México, mucho más barato. Solo en una letra pequeñísima se podría ver hecho en China. Y también están nuestros espárragos blancos de Navarra, producto de China (o a veces de Perú o de Ecuador…).
Pareció que se dio un frenazo a todo eso, a causa de los aranceles, pero ya hay negociaciones y regateos. Con todo, sería posible tener que volver a los productos más caros, más duraderos y “reparables”. Y todo, gracias a los aranceles famosos. Por que los aranceles, aunque a la larga favorezcan la producción nacional en Estados Unidos, seguramente causarán un encarecimiento de todos los productos. Y aunque por parte de Europa no haya aranceles tan elevados para China, al quedar debilitada la industria china, habrá un efecto dominó en todas partes. Sin duda, habrá un efecto global del que, quizá poco a poco, se pueda ir saliendo. Pero no será fácil.
Pero, ¿por qué le puede preocupar a Trump que yo tenga una imagen de la Virgen de Covadonga, estilo Lladró pobre, hecha en China? Pues bastante evidente: quien tiene la bolsa tiene el poder. La guerra comercial es evidentemente una guerra política en toda regla.
A Estados Unidos no le conviene (y ahora menos que nunca con los frentes abiertos de Oriente Medio, Ucrania, el control chino sobre el Mar de la China, el imperio en transportes, ingeniería y minería de China en África y en muchos lugares de Sur América, la frágil situación entre India y Pakistán), que la bolsa la tenga China. Y mucho menos que sienta una fortaleza y una seguridad nuclear que podría desequilibrar la frágil geopolítica actual. Que China se ponga, por ejemplo, de parte de Rusia antes de que se consiga llegar hasta la aparentemente cada vez más lejana negociación de paz, es peligroso. Que ataque a Japón o Filipinas, donde hay bases militares e intereses americanos, declarando su control sobre el mar, es peligroso. Que China se ponga del lado paquistaní contra India tiene un grave peligro de guerra nuclear descontrolada. Que aumente cada vez más su fuerza tecnológica, con posible control de inteligencia artificial, o de las redes sociales que marcan el pensamiento de nuestros jóvenes, es peligroso.
Por eso, quizá no fuera tan mala la idea debilitar a China un poco. Nos saldría algo caro en nuestra vida diaria; quizá ya no pudiéramos correr al bazar a comprar una bombilla que en la ferretería es algo más cara; a lo mejor en verano tendríamos que arreglarnos con un par de blusas que se lavan y se vuelven a usar… Molestias a corto plazo traerá bastantes. Pero… ¿y a largo plazo? ¿Y si se estimulara la producción nacional?; ¿y si volviéramos a darle trabajo al zapatero?; ¿y si los gastos de defensa pudieran, en lugar de aumentarse, reducirse un poco? Quizá conviniera una China algo más pequeña.
