UN INSTANTE

UN LIENZO EN BLANCO

Tal vez la historia deba comenzar por aquí, en una noche difícil yendo a La Ópera de Los Ángeles en medio de un toque de queda. El Gobierno federal norteamericano se ha gastado recientemente 134 millones de dólares enviando marines y guardia nacional a Los Ángeles para salvar a los civiles de las amenazas de los emigrantes invasores. Es otra variable del mundo falso. Inflar la necesidad de una supuesta salvación que, a su vez, da mucho miedo. Impresiona perderse en calles cortadas entre muchos militares en fila que miran muy serios no de frente, no de espaldas, sino en diagonal.

Ser voluntaria en la tienda de La Ópera en medio de un toque de queda, es poesía también. Lo pensé mientras buscaba cómo acceder al parking del Dorothy Chandler Pavillion. Banderas de Palestina en las cabezas; banderas de México y otras multicolor, chicas vestidas de rosa chicle, y mucha gente enfadada, y tranquila. Renée Fleming y amigos convocan a un recital sin programa porque hasta el último momento, tal vez, no sabrían si cantarían siquiera. Fuera, el toque de queda, de 8 de la tarde a 6 de la mañana del día siguiente, salvo para los que estamos en el recital. Dentro se pide no solo silenciar los móviles sino apagarlos totalmente para evitar las continuas alertas atronadoras que suenan en todos los teléfonos a la vez. Se consigue el silencio y el mundo se vuelve del revés.

Antes de esto ya me había detenido en ella. Incluso a lo lejos, se veía inmensa. Maravillosamente inmensa, extraordinaria; descuidada en su formalidad, sin embargo, tan coqueta. Vestía de blanco.

– ¿A que parezco un lienzo solo yo? Me dijo riendo cuando me acerqué.

Después supe que se llamaba Jessica. Ella, cantante, y profesora de canto, era amiga del pianista que iba a actuar con Renée Fleming. Esperaba sentada a que empezara la función. Estando con ella me di cuenta de que hacía mucho que no me reía o que veía a alguien reír así, tan libremente. La sonrisa, ese gesto ambiguo por excelencia, ese comodín de nuestra expresión humana se ha apoderado de nosotros; ha conseguido domesticar la risa para que quepa en cualquier contexto, desde el protocolo más rígido hasta la espontaneidad más insulsa.

A diferencia de la risa, que es explosiva, descontrolada, y en su esencia más pura e incontrolable, la sonrisa es dócil e incluso estratégica; sirve hasta para maquillar una insatisfacción o una vida vivida a  medias. Quizás por eso ha fagocitado a la risa: porque la sociedad prefiere lo que puede regularse a lo que desborda. Pero en esa noche de marines y guardia nacional, la poesía pudo sobre las armas, no porque hubiera motivos para la carcajada sino porque nada interrumpió a dos personas mostrar sus ganas de querer vivir en paz. Nuestras ganas de ser cada uno, uno mismo. Y eso nos lo dice la risa porque sacude los cuerpos, y contagia.

– Tú eres increíble pero no tienes ni idea de colocarte un pañuelo, le dije.

Nada resultaba inapropiado, es lo bueno de la risa, es profundamente humana porque carece de filtro; cuando reímos, no estamos controlando, estamos siendo. Y en una era donde se nos asusta tanto, la risa puede parecer peligrosa porque nos muestra vulnerables y felices sin restricciones.

En esta noche, por ejemplo, la mueca perdió la poca fuerza que le quedaba y la risa nos trajo el estallido de las otras armas, las que hablan de libertad de otra manera, esa extraña libertad que nos enseñó una vez más que el mundo es un pañuelo, pero además, que puede ser un mundo más bonito si se dibuja sobre un vestido que se convirtió en un lienzo blanco más lleno de esperanza que la paloma de la paz.