La pobreza y la fealdad son conceptos independientes. La belleza es algo subjetivo, alguien puede verla y otro no verla, y esto se aplica a un paisaje, una persona, un gesto, un mueble, la decoración entera de un espacio. La pobreza, en cambio, es una condición económica y social que, desde la objetividad, habla de carencia de recursos materiales. Son situaciones indudables, son facts (hechos) un término que últimamente gusta mucho utilizar en este mundo de los datos y los acontecimientos fehacientes, irrebatibles, cuantificables. Así es, la pobreza es un hecho objetivo. La belleza, en cambio, en medio de esta carencia, impulsa la creatividad, la resiliencia y, desde el arte, muchas veces activa el motor del cambio y te hace ver con lupa de aumento lo que es la dignidad.
Miremos a éste que nos mira desde esos ojos color aceite de oliva. Detengámonos un instante en los pliegues de una camisa sucia, y sin embargo, buena. Veamos el brillo del sudor tras un día de esfuerzo intentando vender flores rojas en medio de los coches. No le falta el brazalete en la muñeca de la mano derecha -mucho más pesado que el ramillete de flores- tampoco el bolígrafo en el bolsillo de la camisa; el pelo bien arreglado y los dientes grandes, con sus caries. Todo forma parte de la misma escena. El decoro puede ser sucio y sigue siendo decoroso porque el conjunto queda a salvo desde su mirada, y sus circunstancias. Me acuerdo de él. Puede parecer feo este hombre con sus rosas en la mano. Los ramos de rosas, menos zarandeadas que las de este vendedor ambulante, las llevan los galanes a sus amadas, y cada vez más, es un regalo entre amigas, o uno se las compra para sí mismo. Aún con los ecos de San Valentín, tan reciente, se calcula que en este día, entre Europa, Estados Unidos, China, Japón y Corea del Sur, se vendieron entre 1.500 y 2.000 millones de flores. Y esto son hechos también.
El se acercó al coche y ofreció su ramo. Todo ocurrió en Nueva Delhi un día cualquiera, al otro lado de la ventana del coche. Y yo, sin necesidad de flores camino del aeropuerto, me quedé prendada de esa belleza. Capté el instante de su mirada, nos miramos sin prisa mientras le explicaba que no había hueco para flores, y pregunté si le podía retratar sobre la marcha, tal cual estaba. Tal vez necesitaba dar forma a lo que más tarde querría entender.
La riqueza y la belleza son también conceptos independientes pero la riqueza posee un imán hacia sí misma, por esto los demás se acercan a ella como en acto reflejo de adoración casi inconsciente. No imagino a un hombre o a una mujer adinerada llevando con esa dignidad una camisa sucia o defendiendo sin trabas una mirada tan limpia. Y sin embargo sí. Es posible. No hablo de compasión -ese término manoseado- sino de empatía. La empatía debe de llegar a ese ser que lo tiene todo cuanto se puede contabilizar y que habla desde las pruebas de los hechos pero, sin embargo, no sabe transpirar porque siempre está limpio, afeitado, rasurado y lleno de contemplaciones por acólitos que nada cuestionan. Eso les hace ser impermeables a los amos del universo, muchas veces; ni la lluvia les cala, ni las lágrimas. Sólo ensuciándose de otra manera, desde la calle, al lado de los necesitados, pueden ganar la fortuna de saber contagiarse de estos valores a los que incita la pobreza, y es que, incluso en las condiciones más adversas puede haber profundidad, humanidad y esperanza.
Hoy, más que nunca, los más ricos del planeta tienen el poder sobre los más pobres, pero no todos poseen mirada de almíbar aunque tuvieran ropa sucia y flores ajadas. Sin embargo, pensemos que unos y otros sí se parecen porque, en ambos casos, la esperanza está en sus manos.
Unos la levantan y dan órdenes, o firman veredictos, otros, las ofrecen hacia delante sosteniendo flores ya casi ancianas entre sus dedos.
