Vida, amor y muerte: una elegía a Miguel Hernández

De las cabras a los versos, de los versos a  la cárcel y de esa cárcel a la inmortalidad, ese podría ser el resumen de la vida de un poeta que cantó a lo cotidiano, cantó a lo doméstico convirtiendo esa realidad rural y sencilla en una belleza como cosida a la dignidad humana. Las cebollas, el huerto, la higuera y las cabras, el olivo y el arado, Miguel Hernández construyó su mundo poético y su simbología desde su realidad de niño cabrero, aquel mundo oriolano de principio del siglo XX.

Hablar de poesía me remonta a mi infancia, siempre fui bastante adicta a  escuchar la vieja radio de la cocina junto a mi abuela. Allí se oía el canto de aquel mundo que me quedaba lejos, pues yo vivía entre el colegio y mi casa, entre los deberes que malamente hacía y los mil colores de mis lápices, témperas, plastilinas y acuarelas. Allí en alguna tarde de 1970 escuché a Joan Manuel Serrat, quien me cautivó por su voz, pero más aún por lo que decía. Algo había en sus letras que me hacían tararearlas infinitamente, sin cansarme. Pronto mi padre me explicó que aquellas canciones antes habían sido versos de un poeta llamado Antonio Machado, y puso varios libros en mis manos.

Entrar en aquel mundo me cautivó y me regaló imágenes que rondaban mis sueños y que me acompañaban tan íntimamente que yo sentía que aquello era como un secreto personal que no debía desvelar. Antonio Machado me llevó hasta Gabriela Mistral, y ambos me llevaron hasta Miguel Hernández. Solo había que hurgar en la biblioteca de mi padre.

Muchísimos años después, en 2010, año de aquel violento terremoto en la zona central de Chile, viví un sismo personal: la muerte de mi amado padre tras un largo y devastador Alzheimer. La pena era tan honda, tan dura y tan sin remedio, que me encerraba largas horas en mi taller a releer poesía. Allí fue cuando Miguel Hernández me cogió de la mano y no me soltó más. Allí comencé a trasladar sus versos hacia el lienzo.

Casa museo de Orihuela

Soñé muchas veces con llegar hasta la Casa Museo de Orihuela, la casa donde Miguel correteó con sus hermanos, sacó leche a las cabras, lanzó piedras en el huerto y leyó bajo la higuera. Ahora en mi edad madura he podido cumplir ese anhelado sueño, y he recorrido las estancias con una emoción quieta y pausada pero intensa. Una casa que sin lugar a dudas me recuerda el entorno y la casa escuela de Gabriela Mistral en aquel recóndito pueblo llamado Montegrande en Chile. Son muchas las similitudes, el monte, la piedra, los peñones, las higueras, las huertas, las parras, los caminos de tierra, las alcobas cubiertas de cal. En medio de toda esa ruralidad surgieron dos poetas que leían y se formaban con las ansias que otorgan el querer saber, y el querer levantar la vista más allá de su pueblo.

La Casa Museo de Miguel Hernández posee mesura, cautela, respeto y mucha sensibilidad. Un espacio puesto en valor de tal manera que custodia la esencia de la vida del poeta acercándonos a su verdad y a su tiempo. Su director Tomás Serna, ha reconstruido la casa y su jardín escarbando en los poemas del propio Hernández rescatando su mundo, por ello nos encontramos con el romero, la lavanda, los jazmines, el limonero, las higueras, el suelo de tierra. Un mundo rural que personalmente me retrotrae al campo de mi abuelo, aquel mundo de mano y azadón, de lechera y cedazo, de tinaja y cubo de hojalata. Me llamo barro aunque Miguel me llame, escribió el poeta oriolano.

Miguel, aquel niño cabrero que tenía animales a su cuidado y que salía a vender leche a sus vecinos, ese niño que tuvo la prohibición de su padre de seguir estudiando en el Colegio Santo Domingo, establecimiento donde los jesuitas habían ya detectado el enorme potencial del chiquillo al punto que le quisieron costear la carrera eclesiástica, ese niño, tuvo que conformarse con sus lecturas bajo los árboles mientras pastoreaba las cabras. Para aquel padre era muchísimo más útil tener manos trabajadoras en su seno familiar, seguir estudiando era una pérdida de tiempo. Con todas las dificultades, Miguel se nutrió desde la lectura, desde la observación de aquella naturaleza, y sin duda contemplando el mundo, el ir y venir de aquellas gentes humildes y trabajadoras, de aquellas madres abnegadas y pobres, que criaban chiquillos que no siempre lograban ganarle a la muerte.

En 1972 y más tarde en el año 2010 Joan Manuel Serrat hizo una traslación de lenguajes desde la poesía de Hernández hacia la música, lo que yo hago no es tan diferente, yo trabajo en esa  traslación desde la poesía pero hacia la pintura. Aquí cabe subrayar, para entender mejor mi trabajo, aquello que dice el arquitecto y artista español Juan Navarro Baldeweg: “No hay nada menos abstracto que dejar caer la pintura y que se forme sola la obra”.

La pintura abstracta corresponde a una labor que surge desde una idea, una opinión, las cuales hacen una transmutación hacia la forma, el color, la línea, el trazo, el ritmo, es decir hacia el lenguaje plástico. En mi caso particular en esta traslación de lenguajes, leo los poemas de forma desordenada y aleatoria, y dejo que la resonancia se produzca de manera absolutamente intuitiva. Cuando ello ocurre selecciono los versos y entonces comienzo a bocetar y a trasladar dichos versos hacia el lenguaje plástico. Lo primero es la forma que tendrá el soporte, vertical, horizontal, cuadrado, díptico o tríptico, luego vienen el color, la dirección, los trazos, la textura, etc.

Una de las obras que han hecho un camino desde la poesía hacia la música y que yo he trasladado hasta la pintura es Nanas de la cebolla. Es un poema que  surge en septiembre de 1939, Miguel Hernández escribe estos poemas en la cárcel tras la Guerra Civil, motivado por una carta de su esposa, Josefina Manresa, en la que le contaba que tanto ella como su pequeño hijo solo tenían pan y cebolla para comer. El poema es una respuesta llena de dolor, impotencia y también de amor. Hernández convierte la miseria extrema en un canto de esperanza y resistencia para su familia.

De todo ese largo poema yo he cogido los siguientes versos para hacer mi propia traslación de lenguaje y llevarlos al lienzo: La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda…

Ante todo y de forma protagónica asoma grande y redonda aquella cebolla, una cebolla que a su vez  es pecho y es luna. Una gran circunferencia que irrumpe desde la zona superior izquierda y que se va abriendo en capas irregulares como una gran cebolla vieja y ya algo desgastada, de textura áspera y rugosa. En este gran formato hay una clara línea de horizonte, en zona baja, esto porque es una obra de mayor espacio espiritual que terrenal, es el espíritu, es ese corazón rebosante de amor y de compromiso por la vida, que hacen que aquella madre se derrame hilo a hilo sobre la cuna como dice el poema.

El color se vuelve noche en aquellos azules intensos, y en donde llegan chispazos de luz que son las esperanzas de aquella madre ¿de que todo irá bien? ¿Esperanzas de aquel padre que escribe desde la cárcel? La obra contiene azules prusia y ultramar que contrastan con los rojos y amarillos que simbolizan la fuerza arraigada en el amor de esos padres angustiados por no tener más alimento que aquellas humildes y fieles cebollas.

En medio de aquella línea de horizonte está trasladado el verso que dice: Es tu risa la espada más victoriosa. Aquello lo podemos advertir en aquel trazo diagonal rojo, intenso y que surge desde aquella línea de horizonte. Cada vez que el hijo ríe, es una victoria de la vida sobre la muerte. Es una victoria de aquella madre ganándole a la pobreza, ganándole al hambre y al desconsuelo, y también al miedo. Los versos continúan diciendo, al octavo mes ríes, con cinco azahares, con cinco diminutas ferocidades, como cinco dientes como cinco jazmines adolescentes.

En una de sus capas asoman esos cinco rectangulillos pequeños y blancos, rectangulillos de ángulos rectos, perfectos. Esas formas representan la solidez, la certeza de que la vida sigue su curso, de que la vida asoma firme y fuerte a pesar de la pobreza, a pesar de la escasez, a pesar de todo. Son cinco diminutas ferocidades. El cinco simboliza el equipo, esa madre dando pecho, alimentando al bebé con un zumo de cebolla que es su leche, el padre amando desde la cárcel y aquel hijo, son un equipo, ese ha sido el equipo vencedor. Este lienzo también nos hace ver esa entrega fiel y constante de aquella madre que ha dejado un depósito de amor, ello está representado en las manchas sutiles de colores rosas y magentas, un depósito de amor, un sustrato para poder nutrir la vida.

Este poema de Miguel Hernández es un emblema atemporal y universal del amor, ese amor comprometido y fiel que nos permite sostener la vida de otro, hasta en los momentos más dolorosos y difíciles. El mundo del poeta oriolano estaba teñido de sangre y ésta se convierte en un símbolo polivalente, que evoluciona desde la pasión amorosa y la fertilidad, hacia el dolor, el sacrificio y la muerte violenta. La sangre representa la intensidad vital, la herida amorosa y, finalmente, la tragedia de la guerra y la represión.

En su obra El rayo que no cesa, la sangre está vinculada al deseo, la virilidad y la pasión amorosa, a menudo ligada al dolor de la herida del amor. En su penúltimo poemario llamado El hombre acecha, la sangre surge como símbolo de guerra y sacrificio. En su etapa más madura, la sangre simboliza la brutalidad de la guerra, la muerte y el sacrificio humano, con un tono más trágico y de luto. La sangre actúa como una fuerza destructora pero también vitalista, un sino sangriento que une amor y muerte en toda su producción.

El poema Llegó con tres heridas perteneciente a su Cancionero y romancero de ausencias, se  centra en una tríada: amor, vida y muerte, conceptos que utiliza como símbolos y metáforas universales de la condición humana. Una obra que refleja la angustia y el sufrimiento intenso, escrito a menudo en contexto de guerra y separación y eso hace que conectemos con un sentimiento de desgarrado dolor. Es este un poema que muestra de una manera rotunda una honestidad descarnada, sin velos, ante su propia pena y pérdida. Un llanto con un tono de lamento con un tono elegíaco, tan característico en Hernández. Un poema breve, profundo y dolorosamente humano.

Personalmente he trasladado estas tres heridas hacia un tríptico que se constituye de dos lienzos y una silla, un ritmo de tres, la tríada, la perfección. Un lienzo lo sitúo a la izquierda, y es el lienzo que corresponde a la VIDA. La silla está en medio y simboliza al AMOR y luego cerrando este tríptico está el lienzo de la derecha correspondiente a la MUERTE.

En el lienzo de la VIDA he dispuesto un eje central como una columna vertebral que representa el camino que recorrerá aquella vida. Todo parte con una herida, realizada rasgando el lienzo y adhiriendo un cajetín de cartón en el dorso. Una herida que representa al nacimiento, al parto que, en medio de la sangre, colores rojos, deja surgir al amarillo el cual simboliza al sol, la vida, la luz y la alegría. Ese camino se recorre hasta llegar a una horizontal, un cambio de estado, un momento crucial y determinante en la vida de cualquier ser humano.

La silla, representa al AMOR, por ello su respaldar insinúa un corazón, aunque dentro de él, justo en medio, también podemos ver un ritmo de tres llagas, el amor conlleva dolor, sufrimiento y heridas. Más todo es de color rosa, rojo sangre, y amarillos, ello porque el amor nos mueve, nos energiza y nos impulsa.

Finalmente, el lienzo situado a la derecha que representa a la MUERTE, es en donde vemos que alrededor de esa vertical, de ese camino que es la vida, todo está cayendo, todo se diluye y se derrumba. Por ello todos los trazos y las manchas tienen una dirección descendente. En la base de ese soporte nos topamos con una nueva llaga, una nueva herida, el paso a la muerte. Allí también he dispuesto una horizontal, con ello he querido plasmar la idea de que después de la muerte podría haber luz. Para algunos puede ser la vida eterna, para otros el descanso en el paraíso, para otros quizá un camino a la reencarnación.

Para mí aquello representa la idea de que algunas personas extraordinarias como es el caso de Miguel Hernández logran la inmortalidad, pues cada vez que tomamos contacto con su creación, vuelven a la vida. Esas personas nunca mueren, pues su quehacer sigue conduciendo, marcando y sosteniendo nuestras vidas, es decir que hay seres humanos, como es el caso del poeta oriolano, que han logrado ser eternos.