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VIDA Y LEYENDA DE ROBERT REDFORD

Cabalga libre y vibra sobre la eternidad el jinete de oro Robert Redford. No podrán alcanzarlo, porque no morirá: es de nuevo Sundance Kid en Bolivia y sale de aquel arco bajo el fuego del ejército, con las detonaciones en la tarde del miedo y su hombro junto al hombro de Paul Newman, porque Butch Cassidy es también el héroe que jamás morirá. Estos dos actores son amigos desde que se han mirado al principio del rodaje de Dos hombres y un destino.

A Robert no le perdonan que se haya dejado crecer ese bigote, pero después los hombres estadounidenses de 1968, el año de tantas revoluciones, se lanzan a imitarlo. Pasó con Marlon Brando y la camiseta blanca tras rodar Un tranvía llamado deseo en 1951, que la puso de moda, y antes con Clark Gable en Sucedió una noche, en 1934, cuando los americanos la dejaron de usar y las empresas de ropa interior masculina cayeron en picado, porque salía sin ella.

Lo de Robert Redford se sabe que será algo distinto al tráfico de gustos para el público, porque va más allá del contoneo coral de las mujeres entre las butacas: es una afirmación que aspira a una verdad honesta y radical.

El bigote lo repetirá en El jinete eléctrico, de 1979, volviendo con Jane Fonda, con quien ya ha brillado en Descalzos por el parque, en 1966, la famosa comedia de Neil Simon sobre un hombre que no ha aprendido a bailar sobre las asperezas de la vida, al contrario que su joven y ardorosa mujer; pero también un año antes, en 1966, en La jauría humana, el poderoso drama de Arthur Penn sobre la cobardía de la manada y la soledad de quienes buscan auténtica justicia. Jane Fonda seguirá bailando con Robert mucho tiempo, siempre serán amigos y volverán a ser pareja cinematográfica cuarenta años después: en la crepuscular Nosotros en la noche, de 2017. Pero antes, entre ese arco de cintas y fechas, cuando empieza a ser estrella, y ya lo es casi desde el principio, tras filmar Propiedad condenada, con Natalie Wood, el mismo año de La jauría humana, en la que además de Fonda le acompaña Marlon Brando, Robert Redford no sólo actúa como actor protagonista en varias de las grandes películas de su época, y ni siquiera sólo se prepara además para su debut como director, la oscarizada Gente corriente, en 1980, sino que esboza un mapa, con su propia tensión de arte y moral, porque está trazando una poética.

Escribo mi libro Vida y leyenda del jinete eléctrico (Visor, 2013), constituido por un único poema dividido en fragmentos, al advertir que Redford no ofrece únicamente una filmografía de actor y director, lo que no es poco, sino una mirada estética sobre los conflictos de un tiempo, como un jinete que, al enfrentarse a ellos, vislumbra su frontera.

Desde Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), sobre un veterano de la Guerra de Secesión que busca la vida salvaje en las montañas, para escapar de los horrores de una civilización escrita con letras de sangre, todas sus películas nombrarán a ese hombre de mil destellos, matices, soledades y honduras que ha sido Robert Redford, casi siempre poniendo en colisión la libertad individual con todos los rostros del poder. Así será en El candidato, sobre la falsedad de la política norteamericana, y en Tal como éramos (ambas en 1972), sobre la caza de brujas del senador McCarthy, junto a Barbra Streisand, con esa canción preciosa sobre la recuperación del pasado, El golpe, en 1973, de nuevo con su amigo Paul Newman, El gran Gatsby, un año después, o Los tres días del cóndor, abriendo la brecha de las conspiraciones, dirigida por Sydney Pollack: su otro gran amigo, con quien ya ha rodado Propiedad condenada, Tal como éramos y Las aventuras de Jeremiah Johnson, y aún le quedan El jinete eléctrico, en 1979, y Habana, en 1990, un homenaje a Casablanca en la Cuba de Fulgencio Batista y el golpe de Fidel Castro, con una orquesta ante el malecón y esa frase: “¿Quieres cambiar el mundo? Cambia el mío”.

Robert Redford ha cambiado el mundo de las gentes del cine con Sundance, esa reunión de amigos que ha terminado siendo un festival tan influyente que, donde antes solamente estaba su rancho, hoy hay una ciudad, con el festival que ha descubierto a talentos como Steven Soderberg, Quentin Tarantino o Christopher Nolan, y su canal de televisión. Y como director, además de Gente corriente, aquella cinta estremecedora sobre madres e hijos, y otras buenas películas, en 1992 rueda El río de la vida, ese gran relato sobre el amor fraterno y la serenidad grandiosa entre montañas de la pesca en Montana.

Además era un guapo entre los guapos, y por eso resultaba verosímil que a los 60 años enamorara a la joven Michelle Pfeiffer en Íntimo y personal. La integridad y la independencia siempre respiran en sus personajes. Bob Woodward cuenta que gracias a su impulso escribió el libro en el que luego se basaría la película Todos los hombres del presidente, sobre el Watergate, de Alan J. Pakula, en la que ya se atisba el director que el chico de oro llegará a ser. Lo recuerdo en esa edad, más o menos en torno a 1976, el año de esa cinta y de mi nacimiento, cuando Robert aún tenía toda la llanura por delante.