Ocurrió a menos de un día de asistir a la larga representación de esta obra de Wajdi Mouawad, dirigida por Oriol Broggi con el compacto equipo de La Biblioteca, en esta sala gótica de la calle Hospital, de Barcelona. Sí, a casi un día de este clamor de amor, pero también, de desesperación que es la obra de teatro Tots ocells. Y también, a varios meses de la lectura lenta e intensa de la obra escrita.
Con todo este preámbulo, recuerdo que asistí, con expectativa, a una nutrida convocatoria en la CCCB (Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona), organizada por la Bienal del Pensamiento, para participar en el diálogo entre el autor Wajdi Mouawad y el director Oriol Broggi, moderado y presentado por la periodista Laura Serra, en uno de los patios interiores de la CCCB. Se presentaba bajo el título: Volar con alas heridas.
El coloquio interesantísimo, distendido y a la vez muy denso, llenó mis expectativas. No solo me complació ver en persona a un autor largamente conocido por sus obras, sino que me aportó, con lo que compartía de sí mismo, un mayor conocimiento de la humanidad de este autor y una estupenda preparación para la obra que iba a ver al día siguiente.
Wajdi Mouawad es un actor, director, escritor de teatro (no solo de teatro), libanés nacido en Beirut en 1968; durante la guerra civil libanesa, y cuando él contaba cuatro años, su familia se exilió a Francia. Tiempo después se instaló en Quebec, en donde se graduó en la Escuela Nacional de Teatro de Canadá. Dirigió un teatro en Montreal y fundó dos compañías de creación teatral, una en Canadá y otra en Francia.
Para el Festival de Avignon de 2009, creó la tetralogía La sangre de las promesas, formada por las obras Litoral, Incendios, Bosques y Cielos, todas ellas traducidas a varios idiomas y representadas. Desde el 2016 dirige el Teatro Nacional de La Colline de Paris. Para el grupo de éste teatro creó, en 2017, la obra Todos pájaros (Tous de oiseaux), editada en 2018. Yo he manejado la edición al castellano de 2020 de Ediciones La uÑa RoTa.
El autor configura la obra en torno a la imagen de varios pájaros y la distribuye en escenas llamadas: Pájaro de belleza. Pájaro del azar. Pájaro de desgracia. Pájaro anfibio.
Pájaro de belleza, acoge el encuentro de dos jóvenes en una biblioteca universitaria norteamericana: Wahida y Eitan. Wahida nacida en Nueva York, de origen árabe, Eitan nacido en Alemania, de origen judío. Jóvenes, divertidos y sin prejuicios, que se enamoran y se asombran de ello, Eitan: “¿Por qué eres tú tan guapa, cuando yo soy tan feo?”
Este pájaro de belleza da voz preferentemente a Wahida que recuerda y relata, en Jerusalen, junto a la cama en que Eitan lucha por su vida tras el atentado terrorista que les ha sorprendido en el puente Allenby. Allí evoca su amor; “No pedíamos nada y se nos dio todo. El oro de la vida. Fusión cuando, al hacer el amor, te notaba temblar, a punto de llorar, y te decía Eitan, Eitan, ¿qué pasa? ¿Qué sucede? Y tú: no es nada, mi amor, esto es magia para el que no creía en la magia”… “¿Y ahora? ¿Dónde está la magia?”. Y es Wahida, la que debe asumir el deber de avisar a la familia de Eitan. La familia que, cuando Eitan la presentó, la recibió entre el recelo y el rechazo; rechazo violento en David, el padre. Wahida, ese pájaro de belleza, entre el amor y el odio.
Pájaro del azar. Junto al lecho de Eitan se van reuniendo, como por azar, los familiares. Familiares que viven dispersos y que se rechazaron unos a otros hace muchos años. El azar del encuentro y del dolor y del amor… los reúne, aunque algunos renueven sus diferencias y rechazos. El azar que los hace asistir juntos a la escalada de violencia creciente, a partir del atentado y su inmediata represalia. El puente Allenby, que llevaba a Wahida y Eitan de Jerusalen a Amman, se convierte en el eje de la lucha familiar y del país.
Pájaro de desgracia (en alguna traducción llamado de crueldad). Ese pájaro enfrenta a los familiares con la guerra, pero también, los enfrenta con la verdad, con su verdadera historia. Y la verdad es, a menudo, dolorosa. Pero cuando esta verdad se lanza deprisa y sin avisos, es cruel y mortal. “LEAH- Lo que le arranca los ojos a Edipo no es la verdad, sino la velocidad a la que la recibe, lo que mata al piloto de Fórmula 1 no es el muro, sino la velocidad a la que se estrella”. Y la verdad, también, abre caminos y obliga a tomar decisiones…
Pájaro anfibio. Esta escena final recoge un cuento que Wahida oyó en su infancia de labios de su padre. Y que se relata en un momento onírico, en que dialogan vivos y muertos. Hasan Ibn Muhammad Al-Wazzan, diplomático árabe del siglo XVI, también conocido como León el Africano, hace oír su voz. El cuento narra cómo un pájaro, sobrevolando el mar, quedó conmovido y atraído por la belleza de las escamas plateadas de un pez. Vuela hacia él. Pero los otros pájaros le detienen: es diferente, contrario, peligroso; no se debe contactar con él. Obedece. Pero en adelante vive oprimido por la pena, sin cantar. Y decide que prefiere vivir un momento de éxtasis a seguir, de por vida, desgraciado. Y se hunde en el mar: “Soy el pájaro anfibio aquí, entre vosotros, soy uno de vosotros ¡soy uno de vosotros!”
El relato se funde con el rechazo del odio y la aceptación del dolor por parte de Eitan que, ante la tumba de su padre, promete: “Mientras tus dos nombres se entrelacen en la masacre, mientras tus dos lenguas se opongan con sangre yo, Eitan, hijo de Norah y de David, nieto de Leah y de Etgar, heredero de dos pueblos que se hacen pedazos, no tendré consuelo, no tendré consuelo, no tendré consuelo, no tendré consuelo, no tendré consuelo.”
La obra es una defensa del amor, de la concordia, del diálogo, de la búsqueda de la verdad y de la paz. Pero es una búsqueda no un encuentro. Y así, resulta en algunos momentos muy dura. Duele. En boca de una joven soldado israelí, Eden, se ponen palabras como éstas: “¿Cómo olvidar lo que nos hacen y cómo olvidar lo que les hacemos? … aunque no hay esperanza… hay que obligar a hablar a los que se callan, ¡hay que acabar con esa situación intolerable de la Historia!”. Sí, es un relato duro, amargo muchas veces, tanto en el escenario, como en la lectura. Duro, pero necesario. Eso creo.
Y la lectura y la relectura, pueden ayudar a asumir el dolor y rechazar el odio, a ver difícil la esperanza, pero a no dejar de luchar contra la situación. Sin acogerse a bandos, sin recordar ni asumir rencores, sin aceptar vivir en el recelo, sin ver en el otro al enemigo…, y así se acaba leyendo la obra despacio, casi como un acto de contrición.
Cuando la leí, por vez primera, me emocionó la última página. Esta obra fue escrita en 2017; es la primera que creó como director del teatro de La Colline y la dedica a lo que él llama ”la tribu permanente de La Colline”. En ésta última hoja de la publicación, se nombra, nombre a nombre, al equipo de creación y a las 84 personas que formaban esa tribu. Leí y leo despacio esa página y, nombre a nombre, voy encontrando “gentes de cada tribu y lugar…” Muchos nombres europeos, franceses muchos de ellos, pero también, occidentales y orientales, próximos y lejanos. Sudamericanos, o hindúes, o chinos, o japoneses, o coreanos, o vietnamitas…, junto con muchos nombres árabes y judíos. Me emocionó.
Desde hace tiempo, casi desde las primeras obras de este autor que vi y leí, encontré en él unas características notables. Es un hombre combativo con la palabra, de aquello en lo que cree.Cuando trata un tema, por amargo y exigente que sea, llega hasta el final; no elude la dureza, no suaviza las situaciones ni esconde sus consecuencias. Pero, sus personajes son siempre humanos, tanto si se decantan por el odio como si se empeñan en el amor. No son estereotipos… Hay en él un poso visible que apunta a la tragedia antigua, pero el azar o destino que aparece es el creado y actuado por el ser humano. No hay dioses a los que hacer responsables, son las personas las que son plenamente responsables de sus actos. Las que deben responder por ellos.
Y el autor, con ellos y a través de sus personajes, se toma la responsabilidad de contarlo. E invita a lectores y espectadores a recibirlo.
Wajdi Mouawad habla con frecuencia de su trayectoria de vida y obra. Y recuerda su origen. Quiero acabar con algunos de esos recuerdos, que le escuché recientemente y que me parecen significativos. Me refiero al debate al que asistí, en la CCCB, ya nombrado. Fue interesantísimo, provechoso y hasta impactante. Recuerdo…
Wajdi Mouawad, al hablar de su trayectoria, recuerda su origen libanés, la marcha de su familia al exilio, cuando él contaba cuatro años…, y la toma de conciencia, más o menos a los 19 años, de qué cosas que él recordaba como normales, no lo eran en absoluto en el mundo en el que estaba aprendiendo a vivir, Canadá.
Estudiaba en el Instituto del Teatro. Un día el profesor les dijo que prepararan una improvisación, cada uno, ante la clase; tema de elección propia. Se cruzaban sugerencias, pero cuando le tocó a él se descubrió, relatando en árabe un suceso que acababa en una masacre. Superada la sorpresa propia y de la clase, vinieron las preguntas. El profesor le preguntó si había vivido una guerra, él contestó que no, que era muy pequeño cuando salió de su tierra. “Pero a los cuatro años un niño ya se entera de algo y recuerda…
-¿has vivido bombardeos?
– Sí, pero era lo que pasaba normalmente.
– ¿Y has visto alguna muerte?
– Sí una vez, pero era normal…”
Entonces cayó en la cuenta de que aquello que recordaba a veces, haber vivido no era lo normal. Y empezó a hacer preguntas a su familia y a asumir y contemplar su pasado y el de su gente; cayó en la cuenta de haber sido educado en el odio y lo rechazó. También cayó en la cuenta de que lo que le mostraba el teatro que estudiaba, no le hablaba, no trataba esos hechos, y se dio cuenta que tendría que decirlo él. Y a ello se dedica.
Al final hubo un espacio de preguntas y respuestas. Recojo y resumo una por su contundencia y sentido del humor:”
-¿Cómo se sentiría usted como libanés, si volviera hoy al Líbano?
– Verá, X es un pintor israelí, es mi amigo, somos amigos, pero él no es el gobierno israelí… ¿contesta esto a su pregunta?
